»Carlos hizo un gesto de sorpresa.
—«Ignoro—proseguí vivamente,—si nuestras leyes condenan o permiten semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios, que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves, te amo... ¡te pertenezco!
»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría, levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo, a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al exceso de su felicidad.
»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.
—»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón—díjome, entonces, el doctor;—mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí el régimen que le prescribo.
—»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía nada de extravagante, no hablaba más que de su próximo matrimonio.
—»Ella me ama—decía;—¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?
—»Cuando estés restablecido—le contestaba yo.
—»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.
»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.