»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su padre!

—»Ha pasado un año—le dijo el anciano con voz dulce,—y me autorizaste para verte transcurrido este tiempo.

»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su razón, me tendió la mano con ternura.

—»Juanita—me dijo;—amada mía...

»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:

—»¡Mi padre!

»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de él diciéndole:

—»¡Márchese, aléjese de aquí!

»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído de las manos de Carlos.

—»Ya lo ve usted—me dijo;—es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería yo en este momento? ¡Un parricida!...—murmuró en voz baja, y temblando con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.