»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.

—»¿Cuándo se celebrará?—me preguntó.

—»Mañana, si quiere.

»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento difíciles de explicar.

—»Hasta mañana—me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.

»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.

—»Me matará si quiere—dijo el anciano;—pero debo verle, pues no olvido su promesa.

»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos, su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.

—»Ya que es necesario—dijo suspirando,—su salud antes que todo; que él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.

»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.