—Ten paciencia—decíale Isabel;—él volverá, estoy convencida de ello; sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de encontrarle!...

—¡Vanas ilusiones!—dijo Juanita.—¡Es imposible que vuelva!

—¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan buena?

—¡Ah!—exclamó Juanita.—¡Cállate!

Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:

—Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado llorando.

Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.

—¡Es usted, Gerardo!—exclamó Juanita;—¡y huía!

—¡El lo quería así—dijo el anciano temblando;—él lo quería! De otro modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre Carlos!

—¿Sabe usted, pues, que no existe?