—Sí... sí... lo sé—dijo Gerardo con voz trémula.

—¡Y bien!—exclamaron Fernando e Isabel;—tenemos en nuestro poder fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.

—Sí—dijo Juanita;—Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.

—¡Qué le resta, pues!—replicó el anciano;—lo que ha hecho Carlos está bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva a usted la salud.

—Eso es imposible—dijo tristemente Juanita;—se acerca el último instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?

El anciano no se atrevió a contestar.

—¿Rehúsa usted, por ventura?—exclamó la enferma.

—No puedo, señora, no puedo.

—¿Por qué motivo?

—Se me espera en otra parte.