—Pues que ella me cree muerto—dijo,—que no salga nunca de su error.
—¡Sí—le contestó el cardenal;—para su tranquilidad y la tuya, que sea siempre así! Dios lo quiere.
Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y, fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha vuelto.
—¡El está aquí!—exclamó Juanita.
—Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y he faltado por usted a mi juramento...
—¡Dios le perdonará esta falta!—exclamó Juanita,—¡y Carlos también! ¡Que venga si quiere verme viva!
Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras, rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:
—Esta carta para el cardenal Bibbiena.
En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió hacia él sus manos, como en señal de perdón.
Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y besos.