—¿Por qué lloras, Carlos?—le dijo;—soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a ver! Pero tú, que me amas tanto—continuó ella con dulzura,—¿por qué has querido morir? ¿por qué me has abandonado?
—¡Era necesario!—exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.
—Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida serán dichosos!
Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de alegría brilló en los ojos de Juanita.
—¡Ingrato—le dijo;—sólo en este instante has tenido confianza en tu amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos juntos en las playas de Sorrento?...
Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal Bibbiena.
—Teobaldo—le dijo;—lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...
Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.
—Usted vivirá—exclamó;—vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.
—¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.