Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.
—Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!
Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.
Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo, diciéndole:
—¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...
Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.
Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que había abandonado la morada de los vivos.
Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:
—No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.
Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella: