—Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha en la soledad del claustro.

Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad de que sólo ellos podrían vencerla.

XIII

Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre, hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.

—¿Y por qué razón, padre mío?—exclamó afligido Fernando.

—Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado, nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.

—Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de mucha consideración.

—Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad; los inmensos dominios y las ricas granjas que había adquirido en la provincia de Granada, y en la de Valencia.

—Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.

—¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo semejante cosa!