—¡Oh, Dios mío!—exclamó la joven llorando;—pero le desafío a que lo haga, y, ¡a usted también, padre mío!

Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.

Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de un acto mucho más injusto y arbitrario.

La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron obedecidos al pie de la letra.

El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su conducta.

Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían depuesto de su destino.

No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir en la población donde Isabel se encontraba.

XIV

En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso, y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados del mundo.

Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón; dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de quien era sinceramente amado.