Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.
A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.
A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el Rey no recibiría en toda la semana.
Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo español, el Duque, al salir del palacio real, entró para desayunarse en un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y leer los papeles públicos.
De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo aliviado su mal humor.
—Sí, señores—decía un hombre de reducida estatura cubierto con una peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;—¡por mi parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego, he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?
—Como yo—murmuró en voz baja Carvajal.
—He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de presentarse todas las puertas se abrieron para él, y entró en los aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.
—¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?—pregunté yo.
—Es Farinelli—respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el sombrero en la mano.