—Perdone usted—dijo Caffarelli, interrumpiendo;—perdone, señor, si tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.

Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró gozoso a decirle: «Mio caro figlio, debes a mi ternura una inmensa fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al canto para poder vivir...

No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes, todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo, señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él me sucedió, y del modo que le conocí.

La atención de los circunstantes redobló con las palabras de Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.

El italiano prosiguió de este modo:

—Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival. Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos en la corte, en la pieza Arturo de Bretaña, una grandiosa escena musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.

Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por los aplausos, y decía para mí con alegría:—¡Pobre joven! ¡te veo perdido!...

Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba! Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...

Lasciami ancora verder il sole...

decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!