A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.
—¡Bravo, bravo!—exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo como si se encontrase en el teatro;—¡bravo! señor. ¿Pero usted, que todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe Arturo de Bretaña, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?
—Tal vez—contestó Caffarelli con aire burlón,—para entretener a los soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna política.
—Será, sin duda, debido a algún gran misterio—dijo el marqués de Priego.
—Opino como usted—asintió el duque de Carvajal a media voz y con acento malicioso.
—No, señores—replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el indispensable vaso de agua;—no, señores; y si quieren conocer la causa de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.
—Es algún gran señor—murmuraron en voz baja.
—Es el presidente del Consejo de Castilla—dijo el joven caballero al Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;—le conozco bien.
—No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero de Su Majestad!
Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que acababa de quitarse.