—Sí, señor—repuso Farinelli;—y es más bella todavía puesta en práctica.
Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.
—Sea—dijo el Rey;—concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.
—Anteayer—prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción paternales,—mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...
—¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!—exclamó un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.—Yo, conde de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?... Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el mundo...
—No delante de mí, al menos—replicó un joven, que había oído las palabras del conde de Fuentes.
Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su nuevo empleo.
El barbero trató de contener a su hijo.
—Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada, no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me dará una satisfacción.
—¡Cuando usted quiera!—exclamó el conde de Fuentes; y ambos adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento, le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era urgente.