—¡Lea usted, caballero!—dijo Rafael con altivez;—tiempo tenemos.
A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba desdeñosamente.
—Caballero—dijo;—¡cuánto deben costar estas palabras a un español!... ¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante combate: lea usted.
El joven leyó en voz alta:
«Señor Conde:
»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios, y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!
»Farinelli.»
Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez; ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo seguramente.
—Ahí tienen ustedes los hombres de carácter—dijo el marqués de Priego;—el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será ahora uno de los más adictos del favorito.
—Esto es enojoso—agregó el duque de Carvajal;—no obtienen más que para ellos.