—No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.
—Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.
Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de separarse.
Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de Rodrigo Moncénigo.
—¿No podría usted, señor barbero—le dijo en voz baja,—hablar por mí a Farinelli?
Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli, rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una audiencia del favorito.
—Lo prometo a usted—repuso el artista, con aire protector.
Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:
«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular de la Reina.
»Farinelli.»