Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.

Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.

—Duque de Carvajal—dijo la Reina;—he querido anunciarle por mí misma que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y juntamente el gobierno de Granada.

Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos, excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.

El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con voz trémula:

—Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de decirlo...

—Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli—le interrumpió la Reina; e Isabel quedó estupefacta.

Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no le conocía.

—Parece imposible—replicó Su Majestad,—pues Farinelli pretende tener sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo, como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase de lo que le digo—continuó mostrándole un pergamino que había sobre una mesa;—ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su fortuna.

—Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera a Farinelli—dijo el cardenal.