Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe de aquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compañeros:

—¡Por la silla de mi patrón!—aquí se quitó el sombrero—; hijos míos, a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente del navío más que al maldito con su gorra y su pluma blanca.

—¿Dónde está, pues, el hermano?

Una voz.—Si el hermano no está presente, ni un real de esas mercancías entrará en mis cofres, ¡Dios me salve! pero el superior del convento de San Juan hace muy mal en emplear a semejante descreído para desembarcar su contrabando, y aunque tenga allí un fraile para bendecirlo y para borrar las garras de Satanás, soy de opinión que tarde o temprano seremos castigados por traficar con un excomulgado. ¡Amén!

El jefe.—¿Y crees que no temo, como tú, la cólera de la Virgen al tocar unas mercancías que ¡por Santiago! huelen más a azufre que a cera?

Un filósofo (que había sido cocinero)—.¡Pero pensad, compadres, pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarán por buenos dóllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera!

El jefe.—¡Cállate, impío!

El filósofo.—Después de todo, no son los exorcismos del reverendo los que le quitarán el olor, si es que lo tienen; a mí que me den las mercancías endiabladas, si son más baratas, y yo hago mi negocio; porque soy de opinión...

¡Ave María purísima! compadeced al blasfemo—dijeron los contrabandistas persignándose y estremeciéndose de horror.

Muchos fervientes católicos hasta se buscaron sus cuchillos.