El gitano, que no concebía la causa de este retraso, reiteró la señal con el cigarrillo encendido.
—¡Cuánto tiempo perdido!—dijo el filósofo, y avanzó por el agua hasta poder ser oído de los de la tartana—: ¡Señor condenado, señor maldito!—gritó con aire burlón—, ¿ha olvidado usted que estas santas gentes no se acercarán si el reverendo, con su presencia, no tranquiliza las conciencias tímidas de estos corderos?—Y volvió a unirse a sus compañeros que le maldecían.
El gitano se golpeó la frente y dio un silbido.
—¡El hermano!—dijo a un negro que se mostró a la entrada de la escotilla.
El negro desapareció y volvió solo al cabo de un instante, haciendo un signo negativo con la cabeza.
—¡Pues bien, izadle!
El negro entonces, con una prontitud admirable, levantó una antena de la que ató una polea y una cuerda, descendió al sollado y tres minutos después se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse un momento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra al lado del condenado, que le desembarazó amablemente de las cuerdas y garfios de que había sido rodeado aquel nuevo Icaro.
Viendo la ascensión del fraile, los contrabandistas, que esperaban en la playa, habían gritado gloria in excelsis y se habían arrodillado, creyendo que era un milagro; pero el filósofo rió mucho de su simplicidad.
Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midió con la vista al gitano con el aire más digno y más despreciativo que le fue posible, casi como el mártir mira a su verdugo.
El Gitano.—Dispénseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esos honrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza su sagrado ministerio.