Y echó torrentes de agua bendita sobre las cajas.
—Las moja demasiado; va a estropearlas—dijo el filósofo.
—¡Silencio!—gritaron todos a la vez.
—¡Atrás, Satanás!—dijo otra vez el fraile—. Ahora, hermanos míos, ya podéis tocar esos objetos.
Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y él sacó un largo papel de su cintura.
—Esas seis balas, hijos míos, son de sederías venecianas cuyas muestras podéis ver a la luz de este farol. ¡Ved qué hermosos colores! ¡y qué tejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara, hijos míos.
—¡Oh! ¡padre mío!
—Tened en cuenta que ya está bendecida, hijos míos.
—¡Por los cuernos de Satanás! el sello de la aduana del Cielo nos cuesta más caro que la de Cádiz—exclamó el maldito filósofo.
—¡Cállate, miserable!—dijo el fraile.