—Pero, reverendo, ¡dos doblones!
—Si es regalado, hijo mío. Ya se los cuesta al superior.
Y la discusión iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudió corriendo un hombre presa de la mayor agitación; era el pescador Pablo.
—¡Por la Virgen, huid!—exclamó—, ¡huid! los aduaneros me persiguen; hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar del desembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le ha prometido además aumentar el desorden que produciría su muerte, largando las amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y de cortaros la retirada.
—¡Muera! ¡muera Punto!—y los cuchillos brillaron.
—Eso no es todo—añadió—; los crímenes y las profanaciones del maldito recaerán sobre vosotros, y el señor obispo ha ordenado que os prendan o que os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a un renegado.
—¿El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? ¡Qué milagro!—añadió el filósofo.
—Así, pues, ¡huid!... ¡huid!... no habrá cuartel para vosotros.
—¡Muera Punto el traidor, muera!—y todos los cuchillos salieron de sus vainas.
—Ya está muerto—dijo el gitano empujando el cadáver con el pie—. De modo que, cargad de prisa vuestras mercancías, porque la marea sube y el cielo se cubre de nubes; y una vez que hayáis visto brillar allá arriba las carabinas de los aduaneros, tendréis que escoger entre el fuego y el agua, hijos míos.