Después dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto a la tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas que formaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneció en la playa, montado sobre su fiel Iscar.
—Ya se lo decía siempre al superior—gritaba el fraile—. Prevenga al señor obispo de que el condenado está a su servicio, y así él obrará en consecuencia. Nada... él ha querido ocultárselo, y he aquí lo que ocurre.
Y dirigiéndose al gitano, le preguntó con inquietud:
—¿Por qué haces alejar tu embarcación? ¿es que tendremos que abordarla a nado?
—¿Y de qué nos serviría la embarcación ahora padre mío? No puedo ir con niebla por entre esos rompientes.
—Pero al menos estaríamos en seguridad, en el caso en que los aduaneros bajasen para sorprendernos; y, ¡por Cristo! no podrían aproximarse a la tartana entre esos peñascos y esas olas. Haz poner el puente.
El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterró al fraile.
Los contrabandistas no habían tomado parte en esta discusión; tal prisa se daban a embalar las mercancías que contaban obtener a mejor precio, gracias a este incidente. El filósofo, sobre todo, cargaba de tal modo a su caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de las mercancías; no obstante, el filósofo continuaba acumulando fardo sobre fardo, mientras murmuraba:
—Una vez en el camino de Vejer, será preciso que Dios te preste las alas de un serafín para que me alcances, fraile.
Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de la tartana.