—¡Ah! ya caigo—dijo el fraile a quien el signo del gitano había asustado mucho—, ya caigo; el señor capitán se queda con nosotros, porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de esta ensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escala de Jacob. El señor capitán me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo.
Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan pálido como un cadáver, y no obstante quiso sonreír y miró al excomulgado con el aire más humilde y más amable.
El rostro del gitano adquiría una expresión equívoca, cuando, al fogonazo de un tiro que partió de lo alto de la montaña, se vio a los aduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza de retirada por aquel lado se había perdido.
—¡Virgen santa!, ¡sálvenos, señor capitán, sálvenos!—dijo el fraile—; ¡la salida! ¡Señor! ¡indíquenos la salida!
—¡La salida!—repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber de lo que se trataba.
—¿Qué salida?—preguntó el gitano—. Usted está soñando, padre mío, y me temo que sea un mal sueño; porque los aduaneros empiezan a bajar y las balas silban. ¡Oiga!...
—¡Pero, Dios mío! Usted me había dicho que en medio de esas rocas existía un paso oculto que daba a la costa, un paso que podía darnos el medio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... ¡Virgen santa! ¡por todas partes rocas cortadas a pico!—exclamó el fraile desesperado, mirando por encima de su cabeza.
—¡Por todas partes rocas cortadas a pico!—repitió el gitano.
—Vamos, reverendo, un milagro; éste es el momento—dijo el filósofo que miraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado.
Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaña, pero las balas caían muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estaban aún muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La luna brillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba en todos sus detalles aquel curioso cuadro.