—¡Cuánto me gusta una hermosa noche de verano!—dijo el gitano—; las flores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nos llegan más suaves. ¿Sentís, hermanos míos, el rico olor de los áloes y de los naranjos?
Una nueva descarga interrumpió este inconveniente monólogo, pero esta vez cayó un contrabandista.
—¡En nombre de Cristo! tú debes salvarnos ¡en nombre de Dios, yo te lo ordeno!—gritó el fraile enseñándole el cielo.
Este movimiento resultó hermoso, pero no produjo ningún efecto, porque el gitano respondió riendo:
—¡En nombre de Dios, de Dios!... ¿qué se figura usted, padre mío? No bromee, pues. El momento es grave, ¡grave!... vea usted a ese cristiano que se retuerce y pierde su sangre.
A la risa espantosa del gitano se unió el ruido del mar, que ascendía, y empequeñecía cada vez más el espacio donde se oprimía aquel puñado de hombres.
Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tomó su escopeta y la dirigió contra el gitano. El fraile se precipitó sobre él. ¡Desgraciado! ¡sólo él puede salvarnos! ¡sólo él conoce la salida!
Viendo aquel movimiento hostil, el gitano había entrado en el mar que ya cubría el pecho de su caballo.
—He ahí a los aduaneros que bajan las últimas rampas, hijos míos, y ya sabéis que ahora las balas hacen daño—dijo el maldito señalando al contrabandista herido de muerte.
Los demás se echaron entonces a los pies del fraile.