—¡Padre mío, ruegue por nosotros!

Y el fraile y ellos se prosternaron gritando:

—¡San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros!

Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, se veía al gitano, a caballo, y aquella figura extraña, cuyas proporciones la noche parecía doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos de color de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura.

Los fogonazos se sucedían sin interrupción; un segundo contrabandista cayó, y se oían ya las voces de mando de los aduaneros.

El espanto del fraile había llegado al límite; se arrastró hasta la orilla del mar, y allí, arrodillado en el agua, gritó al gitano con el acento del más profundo terror. ¡Sálvame, sálvame!

¡Y el fraile lloraba!

—¡Por el alma de tu padre, sálvanos! ¡te daremos tanto oro que podrás llenar tu tartana!—aullaron los contrabandistas.

E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos se revolvían en las últimas convulsiones de la agonía.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—balbuceó el fraile.