Y el desgraciado se retorcía los brazos y se revolcaba sobre la roca ensangrentada.
—¡Dios está sordo!—dijo el gitano—; invoca a Satanás.
Y se echó a reír.
—¡Atrás, atrás, blasfemo!—respondió el hermano levantándose horrorizado.
Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a sus pies y les cubrían de espuma.
—Invocad a Satanás, y os salvaré. Detrás de esas rocas hay una salida secreta oculta por una piedra; ella os pondrá al abrigo de los aduaneros. Aun estáis a tiempo, porque ahora no os ven—dijo el gitano, que ya estaba a flote con su caballo.
Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperación, y el fraile, con la mirada fija y el rostro lívido, hizo un movimiento de horror pensando en la proposición del maldito... Después, no obstante, pareció vacilar.
Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se veía a los aduaneros, se oía el ruido de sus armas y los preparativos de las baterías que armaban.
—¡Pues bien!—dijo el fraile en su delirio—, ¡pues bien! Satanás, sálvanos, ¡porque tú no puedes ser más que Satanás!
—¡Sí, Satanás, sálvanos!—gritaron los demás con un acento de terror indefinible.