Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban.
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El gitano se encogió de hombros, volvió la cabeza de su caballo del lado de la tartana, y la ganó a nado en medio de una granizada de balas, cantando una antigua canción mora del Hafiz:
—¡Oh! permites, encantadora niña, que yo envuelva mi cuello con tus brazos, etc., etc.
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Los contrabandistas se quedaron anonadados.
—¡Fuego! ¡por Santiago! ¡Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la pluma blanca, y sobre el mismo bandido—gritaba el oficial al que se distinguía perfectamente, porque su tropa se había parapetado detrás de una rampa, y desde allí hacía un fuego nutrido y continuo sobre los contrabandistas.
Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenían más que elegir que entre el fuego y el agua, como había dicho el gitano.
—¡Fuego! ¡fuego sobre esos descreídos!—repetía el oficial para estimular a su gente—; el señor obispo ha prometido indulgencias para esta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al resto de la banda. ¡Fuego!...
—Pero, capitán, veo a un religioso...