—¡Infame! se ha disfrazado. ¡Fuego!

—¡Por San Pedro! fuego, pues. ¡Por usted, reverendo!

El fraile recibió el tiro en el pecho y cayó de rodillas. No quedaban más que dos, él y el filósofo, también herido. Los otros habían sido muertos, se habían ahogado entre los rompientes al querer ganar a nado la tartana, o arrastrados por las olas.

—¡Hijos míos!—gritaba el fraile—, soy un religioso de San Juan enviado por el superior; ¡piedad en nombre de Cristo! ¡piedad!

Y se agarraba a las agudas puntas de la roca.

—Esto quiere decir—balbuceó el filósofo recibiendo una segunda y mortal herida—que si yo hubiera de creer en algo, no creería ni en Dios ni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y...

Sus brazos se abrieron; dejó el trozo de granito que oprimía con fuerza, abrió desmesuradamente los ojos... y desapareció.

—¡Gracia! ¡gracia! ¡Dios mío! ¡me ahogo!—aulló el fraile que se debatía entre las olas.

—¡Cómo!—dijo el oficial—, ¡aun vive el impío! ¡fuego, pues, por Santiago!

Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hábito azul del reverendo flotó un instante, y después ya no se vio nada, nada... ni caballos, ni hombres, ni fraile... nada más que olas espumosas que habían invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarse con gran estrépito contra la segunda.