¿Por miedo?... No, señor...
Calderón.

—¡Santiago! ¡Santiago!—gritó el capitán de la Urna de San José—. ¡Santiago! haz que los artilleros ocupen sus piezas.

—Capitán... yo...

—¡Cualquiera diría que tiemblas!...

—No, capitán, pero el levante ha alterado mis nervios...

—¡Por Cristo! ¿Qué se diría si se viese al teniente del navío que yo mando temblar como una gaviota entre un temporal? Vamos, artilleros, a vuestras piezas; ¡y vosotros, rumbo hacia la tartana, que Satanás confunda! Cuando hayamos cambiado de disposición le largaremos una andanada. ¡Que Dios me ayude!... el levante cede... ¡Ah! ¡por la Virgen! ¡será una hermosa fiesta para el pueblo de Cádiz verte entrar con hierros en las manos y en los pies, con tu tripulación de demonios, perro maldito!—decía el honrado Massareo mostrando el puño a la tartana desamparada, silenciosa y sombría, que se balanceaba al movimiento de las olas.

Sí, sí—continuó Massareo—, ¡por San José! ¡conozco tus astucias! te meneas menos que una boya para que me ponga a tu alcance... Entonces tú arrojarías, a mi pobre barco una andanada de azufre que nos haría arder lindamente... ¡o me jugarías alguna otra pasada diabólica! Pero Dios protege al viejo Massareo. Más de una vez ha escapado con los ricos galeones de Méjico a los garfios de esos malditos ingleses, que, no obstante, no tienen nada de tontos, ¡los herejes!—y se persignó.

Después, dirigiéndose, al timonel:

—No vayas contra el viento; orza, orza, torpe, y piensa en virar en redondo.

El levante disminuía sensiblemente, y se veía, por las nubes que avanzaban rápidamente desde el horizonte y por las oscilaciones de la brisa, que el viento cambiaba de dirección. Las estrellas aparecieron veladas, y la noche, de clara que era, se tornó sombría. La tartana estaba sumergida en la obscuridad; solamente un punto luminoso brillaba en su popa, en la dirección de la cámara; pero no se oía el más ligero ruido a bordo, ni se veía a nadie sobre el puente.