El capitán del guardacostas, habiendo efectuado dichosamente su cambio de amuras, se dejó ir sobre la tartana, hasta una distancia de medio tiro de pistola. Entonces llamó a su teniente Santiago, pero éste, creyendo que se trataba de mandar el fuego, había desaparecido con la rapidez del relámpago.
—¡Santiago!—repitió.
—Señor capitán, está en el fondo de la cala; dice que le ha enviado usted para que vigile cómo sacan la pólvora.
—¡El miserable! ¡Por Santiago! que le traigan muerto o vivo; y tú, Alvarez, dame mi bocina de combate.
Entonces el bravo Massareo volvió hacia el barco mudo el enorme orificio del instrumento y gritó:
—¡Ah de la tartana!... ¡ah!
Después bajó la bocina, se llevó la mano a la oreja para no perder ni una palabra, y escuchó atentamente.
Nada... Profundo silencio...
—¿Eh?—dijo al primer contramaestre que estaba cerca de él.
—No he oído nada absolutamente, señor capitán, a no ser una especie de gemido; pero, ¡por el Cielo! no se fíe usted, vale más que les hable a cañonazos; ese lenguaje lo entenderán perfectamente, ¡por San Pedro!, porque nuestro valiente almirante Galledo, que Dios tenga bajo su brazo derecho—aquí se quitó su gorra—, nuestro valiente almirante decía siempre que ésta era la lengua universal, y que...