—¡Paz, Alvarez, paz! cállese el viejo congrio. Me ha parecido ver moverse alguna cosa sobre el puente.

Y de nuevo, empuñando la inmensa bocina, gritó:

—¡Ah de la tartana!... ¡ah!... enviad una embarcación, si no os echo a pique...

—Como perros malditos que sois—añadió Alvarez.

—¡Te callarás! pueden haber hablado, y tu necia lengua que va tan de prisa como el gato de un cabrestante, me ha impedido oír nada—dijo el capitán con una volubilidad colérica, repitiendo por tercera vez—: ¡Ah de la tartana!... responded o hago fuego.

Esta vez se distinguió un gemido prolongado que no tenía nada de humano, y que hizo estremecer al capitán Massareo.

—Capitán, si usted quiere creerme—dijo Alvarez, persignándose—, enviémosles una andanada y viremos en redondo; porque veo el fuego de San Telmo que revolotea en su popa, y ¡por la Virgen! no se está bien aquí.

—¡Esto es demasiado!—exclamó Massareo—. ¡San Pablo, rogad por nosotros! ¡Vamos! ¡por la gracia de Dios! Artilleros, a vuestras piezas; armad vuestras baterías. Bien. Haced la señal de la cruz. Bien. Ahora ¡fuego!... ¡fuego a estribor!...

La andanada partió, y el fogonazo, iluminando un instante la tartana, proyectó sobre las aguas un vivo reflejo de luz.

Después, cuando el humo blancuzco de la pólvora se hubo disipado, se vio al navío inmóvil, silencioso, con su punto luminoso a popa, obscurecido de cuando en cuando por una sombra que pasaba y repasaba en la cámara.