—¿Y bien, Alvarez?—preguntó Massareo que no comprendía la obstinación del barco cañoneado.

—Señor, todas las balas le han caído encima y el maldito no se menea. Y sin embargo, hay gente a bordo, lo juraría por mi rosario.

—El caso es espinoso—dijo Massareo con inquietud—; voy a hacer correr una bordada, mientras que yo, tú, Pérez y ese poltrón de Santiago, cuyo consejo es sin embargo muy provechoso, nos reunimos para deliberar acerca de lo que hay que hacer.

Viraron en redondo dirigiéndose hacia el Este; se envió a buscar a Santiago, se reunieron los cuatro miembros de la asamblea, y comenzó la discusión.

Ningún plan había sido adoptado, cuando el prudente Santiago exclamó:

—Con la protección de la Virgen, he aquí lo que yo haría; armaría una chalupa, me aproximaría a la tartana maldita y entraría al abordaje... ¡Eh, compadres! ¿qué les parece?

A los compadres también se les había ocurrido este medio, el único que razonablemente podía emplearse, pero se habían guardado muy mucho de decir esta boca es mía, porque sabían que el que propusiera esta medida sería naturalmente encargado de ejecutarla. La inconcebible temeridad de Santiago les sacó de su embarazo y no tuvieron más que una voz para alabar y felicitar al autor de aquel admirable plan de campaña, que vio, pero demasiado tarde, en qué peligrosa situación se había colocado.

—El Cielo le ha inspirado, Santiago, dele las gracias—dijo el capitán.

—¡Hermano Santiago, qué dichoso eres!—exclamó Alvarez golpeándole amistosamente la espalda—. ¡Por Cristo! es una hermosa ocasión para ascender a oficial. ¡No estar yo en tu lugar! ¡Cuánta gloria vas a recoger ejecutando tu audaz proyecto! ¡¡¡Abordar al maldito!!! Venderán tu retrato por las calles de Cádiz y te sacarán canciones. ¡Dichoso mortal!

Y se precipitó por la escalera que conducía a la cala silbando un motete.