—Hijos míos, el valor y la sangre fría no son nada; ya habéis visto todos que, aun a riesgo de caer sobre millares de picas o de sables, me he precipitado ciegamente en el sollado... eso es audacia, sencillamente.

—¡Viva nuestro Santiago!—repitieron los marinos.

—Callaos, hijos míos, en nombre del Cielo, callaos; lanzáis unos gritos capaces de asustar a las gaviotas. Guardaos vuestros ¡viva Santiago! para más tarde. Ya gritaréis eso en la plaza de San Antonio. Será de un gran efecto; pero, mientras tanto, veamos el medio de forzar el reducto de esos condenados.

Y mostraba la cámara en la cual se hacía siempre un ruido infernal. De pronto, como si se le ocurriese una idea súbita, exclamó:

—¡Amigos míos, armad vuestras carabinas!... ¡Fuego sobre ese tabique!

Lo que había decidido sobre todo a Santiago a esta maniobra, es que encontrándose necesariamente detrás de su tropa, se vería libre del primer choque de la salida que podrían intentar los sitiados.

—¡Fuego! ¡y que el Cielo nos ayude!—repitió empujando a su pelotón.

Y sonó la descarga.

A una distancia tan corta, las balas, llegando en masa sobre el tabique, lo hundieron en parte, y antes de que los marineros hubiesen vuelto a cargar sus armas, una masa espantosa les derribó y pasó por encima de ellos lanzando horribles mugidos.

—¡Desconfiad!—gritaba Santiago, que estaba guarecido detrás de uno de sus valientes al que hacía servir de escudo—; desconfiad, es una astucia de guerra; quieren caer de improviso sobre nosotros; volved a cargar las armas.