—Señor teniente—dijo uno de los marinos—, ¡pero si el sitiado tiene el más hermoso par de cuernos que jamás cristiano alguno haya tenido plantados sobre la cabeza!...

—¡Apresad al monstruo!—gritó Santiago retrocediendo con su escudo viviente—, es el condenado, apresadle... Vade retro, Satanas... ¡Santiago, San José, tened piedad de nosotros!

—Pero, teniente... si esto no es... más que un buey ¡por la Virgen! un excelente buey que se mueve. ¡Con siete balas en el cuerpo!

Y la luz que se trajo de la cámara, permitió comprobar la exactitud de este curioso boletín. Era, en efecto, un buey destinado a la comida de la tripulación de la tartana, y que se habían probablemente visto obligados a dejar al abandonar la embarcación.

—¡Un buey! ¡un innoble buey!—decía Santiago—. Un plan de ataque combinado con tanta sangre fría y ejecutado con tanta audacia para... ¡para apoderarnos de un buey al abordaje!

—Nos lo llevaremos, ¿verdad, teniente? Nos vendrá al pelo porque ¡hace tanto tiempo que no comemos carne fresca!

—Os guardaréis de ello... ¿lo oís?—repuso Santiago con cólera—. ¡Qué brutos y qué asnos sois! es decir, que queréis exponeros a las burlas de vuestros camaradas presentando ese hermoso trofeo... Me opongo terminantemente; subid al puente, seguidme, cerrad las escotillas, y sobre todo, una vez a bordo, no desmintáis ni una palabra de lo que diré al capitán, tanto en vuestro interés como en el mío.

Santiago volvió a bordo de la escampavía, donde ya comenzaban a estar inquietos, e hizo con una rara imprudencia, un relato detallado de su combate con el gitano y sus demonios.

—En fin—añadió—, en fin, lo cierto es que todos están muertos o fuera de combate.

Al escuchar aquella heroica narración, en que la intrepidez de Santiago se revelaba por primera vez, el capitán Massareo, que conocía perfectamente la cobardía de su segundo, no concebía un cambio tan rápido; pero, acordándose de la quijada de Sansón, de la burra de Balaam, y de tantos otros milagros, acabó por mirar a Santiago como un elegido a quien Dios había animado de pronto con un soplo divino, para darle la fuerza de combatir a un réprobo, a un hijo del ángel rebelde. De modo que una vez que hubo adoptado esta desgraciada idea, creyó ciegamente todas las tonterías y todas las mentiras que Santiago tuvo a bien contarle.