—Escucha. Blasillo, yo tenía catorce años; mi hermana Sed'lha y yo conducíamos a nuestro padre que apenas podía andar, cuando cayó herido de un tiro de carabina. Era el fruto del odio santo, que nos tenía un cristiano. Yo no llevaba encima más que mi estilete; me lancé en persecución del asesino le alcancé cerca de una roca. El era fuerte y vigoroso, pero la sangre de mi padre había manchado mis ropas... y le degollé con fruición. He aquí cómo abandoné Italia con mi pobre Sed'lha ¿qué habrías hecho tú, Blasillo?

—Hubiera vengado a mi padre—dijo el adolescente después de un momento de expresivo silencio—. Viremos en redondo, comandante—añadió con un profundo suspiro—, y vayamos a Egipto. Se dice que Mehemet Alí e Ibrahim acogen muy bien a los extranjeros. Vamos a Alejandría...

—Es una hermosa ciudad Alejandría: es allí donde yo desembarqué al huir de Italia. Un buen emir me recogió con mi hermana y me envió al colegio, porque hay más instrucción y más colegios en Alejandría que en todas las Españas, Blasillo.

—Le creo a usted, comandante.

Aprendí allí la lengua francesa, el español, la ciencia de los números, el arte náutico. Salí de allí hecho un buen marino.

—¡Y que lo diga usted!

—Al cabo de seis años yo mandaba un brick, que tuvo un encuentro con el brulote de Canaris, Blasillo.

Este hizo el saludo militar.

—Y volví a puerto para reparar las averías y reclutar una nueva tripulación, lo que ocurría siempre que se encontraba a Canaris. En Alejandría me recibieron afectuosamente. Verdaderamente es una alegre ciudad, sobre todo en las hermosas tardes en que el sol se pone detrás de las arenas del desierto y cuando dora con sus rayos el harem de Mehemet, las fortificaciones del viejo puerto, el palacio del faraón y la columna de Pompeya. Entonces el aire del mar refresca el aire abrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, y uno, tendido sobre un muelle cojín, aspira el vapor del tabaco levantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, y después, una hermosa joven de Candía o de Samos, se arrodilla ante uno ofreciéndole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamente cincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazo pasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza de ángel que se dibuja como una aparición fantástica en medio de un humo azulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile.

Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetas centelleantes de los frascos de vidrio: