—Vamos a Alejandría, comandante—dijo incorporándose.

—¡A Alejandría! ¿qué te parecería, mi querido niño, si te sentasen sobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes? ¡flecha, por otra parte, brillante y dorada! ¿y si se te dejase en esa incómoda posición hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas de tus grandes ojos negros?

Esta proposición apagó el ardor de Blasillo, que llenó prestamente su copa sonriendo:

—Viremos, pues, en redondo, comandante.

—Sí, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprés de mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado.

—¿Y por qué, comandante?

—¡Oh! porque yo hundí cinco veces mi kangiar en la garganta del buen anciano emir que nos recogía a Sed'lha y a mí, y me hizo instruir como un rabino.

—¡Dios del Cielo! ¡otro asesinato! ¡Usted asesino de su bienhechor!

—Había abusado de la hospitalidad que nos diera para seducir a mi hermana, con la que no podía casarse. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar, Blasillo?

El joven español ocultó la cabeza entre sus manos.