—¿Y su hermana?—preguntó.
—Me quedaba aún una última prueba de afecto que darle, y se la di.
—¿Cuál?
—La maté, Blasillo.
—¿Mató también a su hermana? ¡Usted fratricida! ¡Anatema!
—¡Niño! ¿sabes tú qué suerte espera en Egipto a una joven de mi raza que se ha dejado seducir, cuando el seductor es casado? La despojan de sus vestidos y la pasean desnuda por la ciudad; después la mutilan del modo más horrible, la meten en un saco y la exponen a la puerta de una mezquita, donde todo hombre, incluso un cristiano, puede llenarla de golpes, de injurias y de barro... ¿Qué hubieras, pues, hecho más por tu hermana, Blasillo?
—¡Siempre asesinatos, siempre! No obstante, yo admiro a usted—dijo Blasillo anonadado.
—¡Bebamos, niño! ¿ves? la espuma plateada tiembla y chisporrotea. Bebamos, y arrojemos a la sombra los negros recuerdos del pasado. ¡Por tu amante Juana, por sus ojos negros!
Blasillo repitió casi maquinalmente:
—¡Por Juana y sus ojos negros!