—Blasillo, ¿dónde iremos a arrojar el áncora?
—Propongo que en Francia, comandante—y mostraba su copa medio vacía—, porque, por mi Juana, ¡si los franceses se parecen a su vino!...
—Justo, Blasillo, justo. Como su vino, ellos estallan, chisporrotean y se evaporan.
—Pero por lo menos no habrá allí, así lo espero, minaretes de flechas agudas sobre los cuales sienten a las gentes, mezquitas donde insulten a las jóvenes, y cristianos que degüellen a un anciano como un corzo. Además, usted no ha estado allí, ¿verdad, comandante?
—Sí, Blasillo.
—¿Y permaneció usted mucho tiempo en ese hermoso país?
—Blasillo, cuando salí de Egipto, vine a Cádiz, en tiempos de las Cortes; ofrecí mis servicios y no me preguntaron si llevaba la cruz o el turbante, pero me hicieron maniobrar una hermosa fragata de guerra, y cuando vieron que yo servía para el caso, me la confiaron. Hice algunos afortunados cruceros, y sobre todo recorrí la costa con el mayor cuidado. Más tarde, cuando la santa alianza tuvo que reconocer que tu dulce país tenía la fiebre amarilla...
—¡Por mi Juana! era una fiebre de libertad.
—Bien, Blasillo, fue un pequeño acceso de libertad, corto y rápido, que la santa alianza detuvo prontamente con un poco de pólvora de cañón. ¡Hermosa victoria! porque tus compatriotas que no tiran jamás sobre un hombre que lleva un crucifijo, tuvieron que bajar sus armas ante las cruces, los pendones y los religiosos que precedían al ejército francés, y se arrodillaron ante el enemigo como al pasó de una procesión. De modo que ésta fue una victoria, una victoria de agua bendita, Blasillo. Yo seguí otro sistema; dejé pasar las tonsuras y tiré sobre los soldados. Por esta causa, cuando la paz de Cádiz, fui condenado a muerte por masón, comunero, rebelde y hereje, que viene a ser lo mismo. Huí a Tarifa, donde me refugié con Valdés y algunos otros hombres. Nos sitiaron, y al cabo de ocho días de una vigorosa defensa, tuve la suerte de caer moribundo entre las manos de un oficial francés que favoreció mi fuga, y me dirigí a Bayona y de allí a París.
—¿A París, comandante? ¿Usted ha estado en París?