La noche era sombría y fresca, y el condenado, encontrándose en la misma dirección que la escampavía de Massareo, que tiraba del lado opuesto, había podido aproximarse sin ser visto, ya que el fogonazo de las andanadas no iluminaba más que el casco del navío sobre el cual tiraban.
El réprobo se dejó ir aún un instante, hizo apagar todas las luces, y se puso al pairo a medio tiro de fusil del guardacostas, que continuaba disparando, y cuyos tripulantes, atentos, estaban agrupados sobre los empalletados. Se oían perfectamente las voces de Santiago y del valiente Massareo.
—¡Por el Cielo! ¡es el casco de la otra tartana el que hunden esos perros!—exclamó Blasillo en voz baja, mostrando al gitano los restos del pobre buque, que, iluminado a cada andanada, comenzaba efectivamente a hundirse—. ¡Fuego sobre ellos, comandante, fuego!
—Silencio, niño—respondió el condenado.
Y se llevó a la cámara a Blasillo, haciendo descender también a Bentek.
Se sabe que después de la heroica expedición de Santiago contra la tartana que sólo tenía un inocente buey por todo defensor, se sabe que, vuelto a bordo, el digno teniente de la Urna de San José, había decidido al capitán Massareo a destruir la embarcación, esperando así borrar las trazas de su mentira.
Su voz agria y chillona lo dominaba todo a bordo de la escampavía.
—¡Vamos, valor, hijos míos!—decía—, Dios es justo y por su asistencia y la mía nos vemos libres de ese infernal gitano.
—¡Cómo!—preguntó el honrado Massareo—, ¿está usted bien seguro, Santiago, de que el condenado está entre el número de los muertos?
—¿Dónde quiere usted que esté, capitán? Con semejante tiempo no era posible salvarse a nado. Pero, escuche—dijo al ver que la tartana ya se hundía—; he querido reservarle una sorpresa; tengo la certeza de que ha muerto, porque yo mismo lo he derribado al suelo y lo he agarrotado.