—¡Tú!—dijo Massareo con aire de incredulidad.
—¡Yo!—contestó Santiago con un impudor inconcebible.
—Santiago, si puedes darme pruebas de lo que dices, ¡por el dedo pequeño del pie de San Bernardo!, la aduana y el señor gobernador de Cádiz te darán más escudos que los que necesites para armar y equipar un buen buque de tres palos y hacer viajes a Méjico.
—Una prueba, capitán... aunque no fuesen más que esos horribles aullidos... ¿cree usted que un hombre ordinario puede gritar de esa manera?... ¿quién quiere que sea más que el condenado?
Se trataba del desgraciado buey, que, presintiendo su fin, mugía lamentablemente.
—La verdad es, Santiago—repuso el capitán estremeciéndose—, que ni usted ni yo pediríamos socorro de esa manera.
—¡Y si hubiese visto usted al maldito—continuó Santiago—cuando yo le planté dos balas en el costado! ¡si usted hubiera visto al monstruo cómo se debatía! pero ¡por los siete Dolores de la Virgen! su sangre era negra, negra como el alquitrán, y olía tan fuertemente a azufre, que Benito creyó que quemaban mechas en la cala.
—¡Santa Virgen, tened piedad de nosotros!—dijo el bueno de Massareo interesado hasta el último punto—; pero, ¿por qué ha tardado usted tanto en dar esos detalles?
Como partió una andanada al mismo tiempo que la pregunta del capitán, Santiago aparentó no haberla oído, y continuó con una imperturbable impudicia:
—Aún le veo, capitán, todo vestido de rojo ¡el malvado! con unas calaveras bordadas de plata, y después una talla... ocho pies y algunas pulgadas; unos hombros... unos hombros anchos como la popa de la escampavía, y después una barba roja, cabellos rojos, ojos brillantes, y unos dientes... es decir, unos colmillos como un jabalí. En cuanto a los pies, los tenía torcidos como las patas de mi carnero Pelieko.