Massareo bendecía a Dios, persignándose de que, por su voluntad, se hubiera podido librar a la costa de un tal réprobo.
En aquel momento, la tartana se hundió destrozada, entre los alegres gritos de la tripulación del guardacostas, y el espesor de las tinieblas, que, durante aquel largo cañoneo, habíanse disipado a intervalos, parecía aumentar. El mar estaba casi tranquilo, y no se notaba más que una débil brisa del Sud.
—En fin—exclamó el capitán—, por la intercesión de Nuestra Señora y por el valor de Santiago, que puede contarlo como un milagro, nos hemos desembarazado de ese demonio. Pero que se haga la voluntad de Dios en todas las cosas. Hijos míos, de rodillas, y demos las gracias a Dios por ese testimonio de su bondad hacia los bienaventurados, y de su cólera contra los malditos.
—Amén—respondió la tripulación, que se arrodilló, y todos entonaron una especie de Te Deum de un efecto muy agradable.
El aire era pesado, la noche sombría, y a dos pasos no se distinguía un bulto.
Al fin del primer versículo se hizo el silencio, un profundo silencio. Massareo, solo, dijo:
—Dios de bondad, que velas por tus hijos y los defiendes contra Satanás...
No pudo decir nada más.
El, Santiago y todos los tripulantes, quedaron petrificados sobre el puente, con los ojos fijos, extraviados, y en una espantosa inmovilidad.
—Palabra de honor... creo...