—¿Te acuerdas?... Pero, ¿para qué hablar del pasado, amado mío? el presente es nuestro, el presente y su delirio, y su alegría embriagadora, y sus ardientes caricias, y su dulce abandono... Vaya... cuando esté sola, cuando, en un ardiente insomnio, se agite mi pecho y mis ojos se llenen de lágrimas, entonces... entonces será tiempo de invocar mis recuerdos.
Y su cabeza se inclinó sobre la del gitano, y sus bocas se oprimieron.
—¡Oh! ven—la dijo levantándola dulcemente—, ven a pasear bajo esos viejos naranjos y a respirar su perfume... ¡Mira! Rosita, yo soy tu caballero; esta sombría alameda es el Prado de Madrid; ven, amada mía, enlaza tu brazo al mío, baja el largo encaje de tu mantilla sobre tus ojos, y ven a ver estos hermosos carruajes y estas magníficas libreas. Y después, este viejo claustro negro y silencioso, es el teatro. Ven al teatro, resplandeciente de oro, de cristales y de luz. He aquí al rey, he aquí a la reina y a su corte deslumbrante de pedrería; los espectadores se levantan y saludan. Tú entras en tu palco, tu vestido es blanco como tu seno, en el pelo llevas prendida una flor roja como tus labios... También se levantan, Rosita, también se levantan por ti como por la reina de todas las Españas y dicen: «¡Qué bella es!»
Y la miraba sonriente como si quisiera descubrir un pensamiento de vanidad en aquella frente pura y cándida.
—¡Oh! prefiero el viejo claustro y tu amor—repuso ella; y como se aproximase a él, su pie tropezó con una piedra verdusca—. ¿Qué es eso, amor mío?—preguntó el gitano.
—¡Una tumba!—dijo la joven deteniendo al gitano para que no pisase aquella tierra sagrada, y persignándose.
—¡Cómo! ¡una tumba aquí, en el jardín de este claustro! yo creía que los cristianos no enterraban a sus muertos más que en una tierra bendita; ¿lo es ésta?
—No, ¡santa Virgen! porque se dice en voz baja, en el claustro, que esta tumba es la de Pepa; de Pepa, que un día se atrevió a huir de este santo retiro, pero fue alcanzada en el camino de Sevilla, su amante fue muerto al querer defenderla, y ella...
—¡Y bien! ¿y ella, querido ángel?
—¡Oh! ella fue llevada al convento, y murió en medio de los mayores tormentos. Tres años de suplicio, amor mío, acostándose sobre un lecho de aquellas piedras, sin dormir, sin descanso, golpeada cada día, y viviendo del alimento más miserable, en el cual echaban animales inmundos, para mortificarla y hacerla expiar su crimen, según decía la superiora.