—¡Por el disco del sol!—exclamó el gitano—; entonces, ¿si nos sorprendiesen?...

Y miraba a la joven con ansiedad, porque aquella cruel pregunta se le había escapado, por así decirlo, a su pesar, y comprendía todo lo que semejante suposición debía tener de espantoso para ella.

—Moriría como Pepa—respondió la niña sonriendo con una admirable expresión de amor y de resignación—; como ella, moriría por mi amante. No es la primera vez que se me ocurre.

—¡Cómo! ese horrible destino....

—Es mil veces menos horrible que pasar un día sin verte, sin decirte: Yo te adoro...—murmuró con los dientes apretados, y dejándose resbalar, estremecida, a sus pies.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—¿Lo quieres tú? adiós, pues—contestó ella con un profundo suspiro.

—Sí, adiós, ángel mío, es preciso que nos separemos. ¿Ves? la noche ya es menos obscura, las estrellas palidecen y esa claridad rojiza nos anuncia la proximidad de la aurora. Adiós, pues, Rosita mía.

—Otro beso... uno solo... ¡el último! alma de mi vida.

Y el sol doraba ya las altas torres del convento, cuando aun duraba este beso.