Por fin el gitano se arrancó de los dos brazos que le estrechaban amorosamente, puso el pie en la escala de seda y la subió con su acostumbrada agilidad.
La monja, sentada al pie de la palmera, seguía todos sus movimientos con la mirada inquieta.
—Hasta la noche—decía ella—, hasta la noche, dueño mío, amor mío.
El gitano, que había llegado al último tramo, se volvía una última vez para sonreír a Rosita, y cuando se disponía a pasar al otro lado del muro, la escala, de pronto, se replegó sobre sí misma, se deslizó rápidamente a lo largo de la pared, y el gitano cayó a los pies de la monja, ensangrentado, mutilado, con el cráneo abierto. Seguramente habían cortado las amarras que sujetaban la escala por la parte de fuera.
—¡Me han hecho traición!—exclamó el gitano, y sus ojos se volvieron hacia la monja, que estaba arrodillada, con las manos juntas, pálida, inmóvil, la mirada fija, la respiración suspendida.
—Rosita, Rosita, trata de arrastrarme detrás de esos naranjos antes de que amanezca, porque yo no puedo valerme. ¡Oh! ¡sufro mucho!
El desgraciado se había fracturado el fémur y los huesos le agujereaban la piel.
—Rosita, amor mío, Rosita mía, ayúdame...—repetía con voz débil.
La monja lanzó una carcajada convulsiva y violenta, sus ojos se agrandaron de una manera espantosa, pero no se movió.
—¡Infierno! ¿es que la desgraciada se ha vuelto loca?—exclamó el gitano, y quiso tomar una mano de la joven, pero este movimiento le arrancó un grito penetrante.