Su fractura era viva y sangrienta.
De pronto se oyó un ruido, al principio sordo y confuso, en la dirección de la puerta del jardín.
—Rosita, Rosita, es tu amante quien te lo suplica, sálvate tú, al menos sálvate tú—decía el gitano en un tono desgarrador.
La joven permanecía inmóvil y arrodillada ante él.
El ruido se hacía cada vez más próximo y distinto, y el herido intentó arrastrarse detrás de una espesa mata de madreselva, que podía ocultarle a todos los ojos.
Después de sufrimientos inauditos, lo consiguió.
En aquel momento se abrió la puerta del claustro, y una multitud de carabineros, frailes y gente del pueblo invadió el jardín lanzando atroces rugidos.
—¡Muera el condenado! ¡muera el maldito!—gritaban todos.
El gitano se deslizó como una serpiente detrás de un macizo de áloes. La multitud llegó cerca del muro, y allí, junto a la palmera, encontró a la monja, siempre arrodillada, siempre inmóvil y con las manos juntas.
Aquellos gritos desordenados la sacaron del paroxismo en que estaba abismada; bajó los ojos, vio sangre aún reciente en el suelo y sonrió. Pero sus labios estaban tan convulsivamente apretados, que aquella sonrisa resultaba atroz.