La muchedumbre se estremeció, hizo la señal de la cruz y permaneció muda.

La monja, entonces, haciendo signo con la mano a los que la rodeaban, se puso a seguir el rastro de sangre que el gitano había dejado sobre la arena.

Todos marchaban en silencio, llenos de horror; llegaron por fin al matorral que ocultaba al gitano.

Rosita entonces, se detuvo un momento para separar las hojas espesas y barnizadas de los áloes, se abrió paso a través de la maleza, se arrastró hasta el lado del maldito, lanzó un grito terrible, y cayó... muerta...

—El renegado está ahí; cercad ese lugar y rechazad al pueblo.

—Ríndete, perro, porque veinte carabinas te están apuntando—exclamó el comandante de los carabineros.

—Pobre niña, por lo menos no sufrirás sus torturas—dijo el gitano mirando a la monja, y una lágrima que los más espantosos dolores no le habían podido arrancar, cayó sobre su ardiente mejilla.

—¡Ríndete, renegado! ¡o mando hacer fuego!—repetía el comandante.

—Sois unos valientes, hijos míos—respondió el gitano—: el ciervo está herido ¡y aun le teméis! hermosa caza, en verdad.

Y se calló; entonces se precipitaron sobre él, lo agarrotaron, y tres días después estaba en Cádiz, en la prisión de San Augusto, bajo la custodia de un batallón de milicianos.