—¡Es posible!—decía con los ojos fijos sobre una robusta joven que, mezclada con la curiosa muchedumbre, había abierto un momento su capa de seda negra, haciéndole un signo expresivo—. ¡Blasillo, Blasillo aquí!
Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el hombre de la casaca roja continuó la obra de su purificación, mientras que el gitano caía de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le llamara la atención había desaparecido.
Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitar, cuando un carmelita que lo advirtió, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz, diciéndole:
—Piensa en la muerte, hermano.
El gitano se despertó sobresaltado y lanzó una mirada terrible al santo varón.
—Más bien debe bendecirme, hermano—dijo éste—, porque ahí tiene usted al reverendo Pablo, superior de San Francisco, que viene a verle.
En efecto, un robusto monje entraba en el recinto, con los ojos bajos, las manos cruzadas sobre el pecho.
—Ave Maria purissima, mater Dei—murmuró aproximándose y haciendo un gesto al carmelita, que se alejó.
El fraile se sentó al lado del gitano, que le miraba con una singular expresión de desprecio y de ironía; y, habiendo suspirado muchas veces, se expresó como sigue, con una vocecita agria y chillona que contrastaba con la enorme mole de su cuerpo:
—Que el Cielo le ayude, hermano.