—Diga más bien el diablo, hermano.
—¿Se obstina usted, pues, en morir en la impenitencia?
—Sí.
—Piense, hermano, de qué gloria se cubriría usted haciendo una abjuración de sus errores y entrando en nuestra santa Iglesia.
—¿Vale la pena por tan poco tiempo?
—¿Y la vida eterna, hermano?
—No se haga usted el santo conmigo, compadre; lo que le interesa sobre todo es que sea un religioso de su orden el que haya llevado a cabo la conversión; lo comprendo, una conversión como ésta podría proporcionarle un centenar de clientes, y eso vale la pena.
—El Cielo, hermano, es testigo de...
—Acabemos; todo esto es tan pesado y tan bajo, que usted me inspira repugnancia. ¡Hola! compadre del chaleco rojo; ¿tan pronto se olvida usted de los amigos?—dijo el gitano al verdugo sin querer responder a las súplicas del reverendo.
El verdugo acudió corriendo, con la cara risueña y bonachona.