—¡El infame!... ¡Qué dicha para la sociedad que semejante monstruo sea castigado con arreglo a sus culpas!... Le vería estrangular con placer.
Parece que por fin el gitano se cansó de tantas injurias.
Enderezó altivamente la cabeza, y dijo con voz sonora:
—Señor Pérez, ¡es usted poco caritativo!
—¿Quién ha dicho mi nombre a ese miserable?—preguntó el hombre, pálido, confuso y extrañado.
—¡Oh! amigo mío, no es sólo eso lo que sé; ¿y su quinta a orillas del Guadalquivir? ¿y aquel lindo tocador tapizado con esteras de Lima, con sus persianas verdes y su pila de mármol blanco?
—¡Jesús! ¡cómo ese demonio puede saber!...
—Es allí donde, durante el ardiente calor del día, la señora Pérez va a buscar el silencio y el fresco.
—¡Perro! no profanes un nombre respetable. Pero, ¿no hay leyes, no hay justicia más rigurosa? Mientes; cállate, o te hago amordazar de nuevo—decía el corregidor enfurecido.
Pero la multitud, que comenzaba a encontrar la conversación muy divertida, se aproximó más, y como el señor Pérez se encontraba en la posibilidad de huir, el gitano continuó: