—Dice usted que miento, señor Pérez, ¿quiere usted pruebas?

—¡Te callarás, renegado!

—Helas aquí, pues. La señora es bella y joven, morena, con unos ojos negros como el ala del cuervo; gruesa y rosada, con un pie, una cintura y una mano que harían volver loco a un canónigo del Escorial.

—¡Infame! te atreves...

—En fin, debajo del hombro izquierdo tiene un lunarcito negro, coquetón, aterciopelado, que hace saltar aún la deslumbrante blancura de una piel de raso... Pero eso no es aun todo.

El corregidor espumarajeaba de rabia y no podía encontrar una sola palabra para contestar al gitano ni a las guasas con que la multitud le asaeteaba. Por fin exclamó, precipitándose sobre la reja:

—Pero ese infernal gitano ha sabido eso por alguna camarera de mi mujer... o bien es que...

—No, señor Pérez, no—repuso el gitano—; lo he sabido por el capitán de fragata que usted recibía en su casa, en Sevilla, porque ese capitán... era...

—¡Acaba, pues, malvado!

—¡Era yo!... ¿Ya está bautizado su hijo, señor?